A lo largo de la mañana, Felipe concluyó que había por lo menos dos maneras de encontrar a alguien. Una, la obvia, era andar deprisa, buscar pistas, peinar la zona, interrogar a los testigos y a los sospechosos. La otra era sentarse en el porche a esperar. Era una conclusión precipitada, quizás inexacta, fruto de las insuficientes horas de sueño del ayudante de detective. Mientras tanto, la alemana dormía plácidamente en el saco de dormir.
Se movió por la casa de puntillas para no molestar. La cama grande apenas deshecha le pareció absurda. Habían dormido en el pequeño e incómodo colchón tirado en el suelo. No supo decidir si el colchón en el suelo, los gemidos alemanes, si todo aquello era una extravagancia retorcida o algo romántico. Encendió la salamandra. Aunque había dejado de llover todavía hacía frío. Notaba los ojos hinchados y la inercia de los párpados. No quiso mirar el reloj, pero lo vio de refilón. Las siete y media. Habría dormido dos horas escasas.
Mientras la cafetera estaba en el fuego barrió los cristales de la ventana rota. Salió fuera con el café. Estuvo pensando en la infidelidad, matando hormigas con el dedo y perdiendo el tiempo hasta que Angela apareció por la escalera.
―Do you want a coffee? ―a pesar de que lo había ensayado mentalmente, lo tuvo que repetir tres veces para que Angela le entendiera.
Le preparó el desayuno con delicadeza extrema como se da de comer por primera vez a un animal salvaje que no puede hacerte daño. Pero durante el desayuno y a lo largo de toda la mañana pensó que más que salvaje tenía un rasgo desequilibrado, una mirada desquiciada, como una rueda que está a punto de salirse de su eje.
No podían hablar. Bueno, sólo frases cortas. Muy sencillas. Ella le decía: I need my iphone, i need smoke. Cuando Felipe no entendía se lo explicaba por señas. Y Felipe lo mismo. La cabaña parecía un seminario de mimos internacionales. Casi mudos. A pesar de percibir cierto riesgo en los gestos y en los ojos de Angela, fantaseó con el amor. Aquello era el amor, se dijo. La comunicación perfecta. Frases subordinadas prohibidas. Un lenguaje directo, conciso, sin posibilidad de malos entendidos. Como una plantilla de serigrafía o un matasellos. El mecanismo de un martillo.
Le hacía hasta gracia y le excitaba cuando Angela se esforzaba en decir palabras en español. Estaba empeñada en ir a la cabaña que tenían alquilada a Eugenio. Quería recoger sus cosas. Así que Felipe le explicó el plan. Él entretendría al dueño.
De camino a la casa de Eugenio, con Angela tumbada en la parte de atrás del todoterreno, el ayudante de detective privado pensaba por Felipe. Era la alemana que no había que encontrar. ¿Qué había pasado con la otra alemana? Si se lo preguntaba directamente, Angela sospecharía y se le escaparía de nuevo. ¿Tendría que llamar a su jefe? La alemana, sin embargo, actuaba con total naturalidad. Se había escondido en el asiento de atrás, cuando se cruzaban con otro coche se tapaba con una manta, ¿no le importaba que él supiera que era una de las dos desaparecidas? No habían hablado de nada. Ella no le había explicado de dónde salía a aquellas horas en mitad del monte. Habían aceptado jugar juntos como dos niños desconocidos que se encuentran en el parque. Hasta parecía que balbuceaban.
No era posible subir hasta la cabaña precintada sin pasar por delante de la casa de Eugenio. Así que el plan era que Angela se bajara un poco antes, donde nacía un camino para subir a pie. Felipe aparcaba y entretenía a Eugenio lo suficiente, por lo menos una hora, para que le diera tiempo a Angela a subir hasta la cabaña, recoger sus cosas y bajar por el camino donde Felipe le recogería de nuevo.
Felipe se asomó a una ventana y se encontró a la hija pintando. Eugenio salió a su paso. Era como un animalillo que estuviera siempre atento a quien merodeaba en su madriguera. No iba a ser fácil. Eran las once y pico de la mañana. Una hora ideal para una partida de ajedrez.
― ¿La revancha? ―preguntó Eugenio.
Jugó con blancas y sudó. Intentó llegar a una posición cerrada que alargase la partida lo suficiente. No era capaz. Eugenio abría columnas y filas continuamente. Después creyó que tenía una combinación ganadora y le dio una rabia terrible no poder hacerla. Estaba allí para perder el tiempo, así que decidió jugar lento. Fingía pensar en las jugadas pero no podía concentrarse. El cansancio y toda aquella aventura sin sentido le estaban sacando de quicio. La sensación de no saber qué hacer con Angela le invadió por completo. Eugenio hablaba, comentaba las jugadas de los alfiles y los caballos como si aquello importase. Antes de la hora de juego las blancas estaban perdidas, pero no se rindió. Después le entró la prisa como si la alemana no fuera a soportar la impuntualidad española y harta de esperarle se fuera a ir con otro. Estaba mal. Todo aquello estaba mal. Perdió. Eugenio le sonrió. Le invitó a comer. Le preguntó por las alemanas. Por las osas. Le acompañó hasta el coche. Este hombre está muy solo, se dijo Felipe. Este hombre tiene un bosque y una hija pintora y loca pero está muy solo.
El plan salió perfecto y regresaron a la cabaña. Angela había encontrado todo lo que buscaba. Hasta su iphone y el tabaco. A ningún policía se le había ocurrido confiscar aquellas pertenencias. Aquella investigación era un montón de estiércol. Él estaba contribuyendo a hacerlo más grande. Mientras la alemana se organizaba y se cambiaba de ropa, fingió ocuparse de la ventana para zafarse de los nervios, que cada vez eran más insoportables. Trajo la caja de herramientas, probó la resistencia del plástico negro, buscó una excusa para no tener que hacer nada. Así estaba mejor, nadie podría verlos desde la parte de atrás. Lo arreglaría más tarde. Otro día. Con un poco de suerte, él ya estaría lejos cuando habría que arreglar la ventana. Esa cabaña no era para tanto, ni las montañas. Montañas hay en todas partes.