jueves 16 de febrero de 2012

La petite mort

Todo buen zombie necesita de vez en cuando un cambio de aires, así que me puse mi sombrero, salí de casa y regresé a Austin, Texas. Viene recomendada en el libro “Ciudades ideales para muertos vivientes”. Con mi experiencia y mi bigote no ha sido difícil encontrar una caravana para alquilar y un empleo como jardinero.
Uno de los jardines que cuido es de un juez. Cuando por las noches hablo solo me refiero a él como “mi vecino”.
Escribo frases que entierro debajo del montón de hojas secas. Donde él cree que se está elaborando compost, resulta que están plantadas mis novelas. Las románticas y las otras.
Cuando el juez sale de casa meo en los recipientes para la bebida y la comida de su enorme perro. Ese perro me odia. Lo hago porque últimamente no paro de leer libros de etología. Peces que se devoran, rituales de dominación sadomasoquista entre los gorilas angoleños y todas esas investigaciones que llegaron después de Lorenz. Estoy intentando que entienda que ahora soy yo el macho dominante del barrio. El pobre está atado y no puede hacer otra cosa más que ladrar, casi asfixiado por el collar intentando alcanzarme con sus fauces.
Si pudiera mearía también en la comida de mi vecino, el juez.
Quiero hablaros de él.
Este juez sale de casa muy temprano, va a su oficina y, entre otras cosas, firma penas de muerte.
Uno de los condenados pasa los días en el corredor de la muerte, pensando en su familia, leyendo pasajes de la biblia al azar y dándole un repaso mental a todos los errores que ha cometido en su vida. Ese hombre es un muerto viviente en toda regla.
Le han prohibido seguir tallando los animales de madera de la granja que nunca va a tener, porque podría suicidarse utilizando un formón. Aunque, de todos modos, va a morir, prefieren tener el privilegio de matarle a dejar que elija él mismo.
Llega el día de la ejecución.
El juez regresa a casa después de cumplir su jornada laboral.
Ha llegado hacia las cinco. Se ha servido un gintonic y se sienta en el porche a leer la biblia. Y a esperar a Linda.
El reo también pide un gintonic. Un último deseo muy moderno y europeo.
Tras el último trago se sienta definitivamente en su silla eléctrica.
Linda llega a casa del juez.
Se arrodila y busca en la bragueta.
El juez se recuesta en su mecedora.
Le gusta sujetar la cabeza de Linda por el cuello suave y firmemente para que no pueda retirar la boca a tiempo.
Después, mientras Linda utiliza enjuague bucal, le cuenta que los franceses  llaman “la petite mort” al orgasmo.
—¿Cada vez que te corres te mueres un poco?— pregunta Linda.

jueves 9 de febrero de 2012

Sombreros románticos

Hoy hace un día perfecto para quedarse en casa llorando delante de la ventana.
Y mirar a los pájaros.
No hay zombies como los de antes.
Decides asumirte.
Te quedas en casa probándote sombreros.
Todo el mundo debería llevar un sombrero en algún momento de su vida.
Un sombrero que le quede bien.
Piensas en la pasión, en la que te empuja afuera y en la que cierra las puertas.
Ese monólogo insípido en que has convertido un cuaderno no huele a pasión.
Te pliegas a la tentación de escribir una novela romántica en tu cabeza.
Hombres de melena lisa con el torso desnudo la mayor parte del tiempo.
Mujeres azoradas, embelesadas, rodando por la alfombra enfrente de la chimenea.
Hombres con penes enormes y calientes. Mujeres que se acarician las tetas mientras se la chupan a los hombres que recitan versos románticos.
No te convence. No encuentras un porcentaje suficiente de pasión. Pero ya es lo único que te apetece.
Te pones tu sombrero de muerto viviente y escribes palabras como besos apasionados y orgasmos robustos.

jueves 2 de febrero de 2012

Reconocimiento médico


Para el trabajo que empecé este martes me han hecho un reconocimiento médico. Puede parecer absurdo hacerle un reconocimiento médico a un zombie, pero no hay nadie que lo necesite más que un muerto viviente.
Me sentí como un futbolista. Me faltó ponerme a dar toques a un balón.
Después de que me pesaran en una báscula de apariencia medieval, decidí que uno de los objetivos de este trabajo es adelgazar. Y también crecer. No como persona ni nada de eso. Quiero crecer. Por lo menos tantos centímetros como kilos adelgace.
El momento crucial del reconocimiento fue el electrocardiograma, cuando te llenan de cables todo el pecho, te ponen unas extrañas pinzas en las muñecas y en los tobillos y te sientes E.T. De repente dice el tipo de la bata blanca, hablando para sí mismo.

—¿Vamos a ver cómo tienes el corazón?

“Si yo te contara” te dan ganas de contestarle. Pero en realidad ya se lo has contado. Tienen tu historial en su mano. Cuando preguntan te pones tieso, pero se lo has dicho todo. Ellos lo saben. ¿Les has hablado de tus enfermedades? Sí. ¿Les has hablado de tus padres? Sí. ¿De sus muertes? Sí. Te tienen en su red. Les has dado tu orina por si quieren olerla. Te han sacado dos botecitos de sangre, ¿crees que hay algo que se pueda ocultar en la sangre?
En cada pregunta rígida, burocrática y mecánica hay implícita una respuesta animal, emocional e incontrolable por tu parte.
Lo estás confesando todo.
Para más inri, el único sentido con el que confío ser un superdotado, incluso tener superpoderes, el olfato, ni lo insinúan en el informe.  

jueves 26 de enero de 2012

Cadáveres mal enterrados

No os voy a engañar. Aunque tenga el Poder, a veces pierdo la fe.
Además hace tiempo que no hablo de la fe.
El sol la clarea y reseca, por eso en invierno es más fácil apreciar la fe por la calle y se desvanece en interiores.
Interiores húmedos de tumbas vacías.
Los niños robados.
Ahora se profanan las tumbas con autorización judicial.
Se intentan exhumar esqueletos diminutos que no existen.
No hay cosa más triste, cruel y perversa que un entierro falso.
A los padres les entregaban cajas llenas de periódicos.
Como en un timo de la estampita.
Por la otra puerta del hospital sacaban al bebé y se lo daban a Otros.

Lo de estos niños robados es una verdadera tragedia, no es comparable con lo nuestro que sólo somos cadáveres mal enterrados. No es comparable.
Cada noche entierro en el jardín del vecino unas cuantas frases.
Le convierto en mi cómplice.
Cada mañana desentierro las frases y con ellas construyo una tumba.
Este ataúd que tú estás leyendo.
Este ataúd que también está vacío.
Ésa es una manera como otra cualquiera de ser un cadáver mal enterrado.
Continuar haciendo cosas que no nos hacen ningún bien sin plantearnos si realmente podemos dejar de hacerlas.
Como esto. Por ejemplo.
También Tom Sawyer y Huckleberry Finn asistieron a su propio funeral.
Pero tampoco es comparable porque en nuestro caso los Otros no creen que estamos muertos y no se alegran tanto de volver a vernos.
Muchas veces al intentar enterrarme apresuradamente dejo una mano fuera. Una mano que lamen los perros, que mordisquean las ratas.
Suele ser esa mano la que escribe esto.


jueves 19 de enero de 2012

18.- Viaje de vuelta



La televisión está encendida sin sonido. Las canciones en la radio están a un volumen suficiente para molestar pero insuficiente para disfrutar de ellas. En caso de que haya alguien en el bar en condiciones para disfrutar. Son las dos de la madrugada. Felipe acaba de salir del baño. Ha estado secando su camiseta. En el viaje de ida ha sudado bastante, pero en el de vuelta le preocupan las cabezadas de sueño. En cualquier momento puede quedarse dormido y matarse en la cuneta. Solamente piensa en llegar a su casa y descansar. No quiere parar, así que refresca con agua fría su cuello para espabilarse. La camiseta se le ha empapado y así no puede ir a ningún sitio.

En el baño, mientras secaba la camiseta con esas máquinas de aire caliente, piensa en el viaje que acaba de hacer, que todavía está haciendo. Cuando empezó ayer por la tarde, creyó estar en medio de un baile romántico en el que dos cuerpos se acercan. También sintió que la épica le hinchaba el pecho. A las dos horas de carretera monótona, dirección Santander, Bilbao, San Sebastián, Hendaya, le parecía estar recorriendo un itinerario rutinario y común a todo el mundo.

No había ni una pizca de peligro en aquello. No sabía de qué escapaba. La actitud de la alemana —dormida, babeando, enderezándose a ratos para mirar su teléfono y cantarle alguna ciudad o pueblo por donde debían pasar—, esa actitud de la alemana no era estimulante. Si estaban dentro de una road movie no podían ser los protagonistas.

No hubo ni un solo incidente destacable en todo el trayecto. Pagaron los peajes, bebieron agua y comieron bocadillos. Y cuando se acabaron las provisiones y la gasolina pararon a por más. El camino no tenía pérdida. Parecía lo más lógico seguir por aquella carretera, como si todo estuviese compuesto desde hacía mucho tiempo para que Ángela saliese del país sin problemas. La alemana roncaba descaradamente. No se había ofrecido a hacer ningún relevo al volante. Ese todoterreno no estaba diseñado para andar por una autopista. No podía correr. Todo aquello era otra cosa  incómoda más que había que terminar.

El arrepentimiento llegó acompañando a la noche. Felipe no entendía qué estaba haciendo allí. Y esa sensación no se le fue ni a la entrada de Irún, cuando tuvieron que mirar con más atención las señales y los mapas porque había dos fronteras por las que se podía pasar a Francia. Aparcaron al lado del Puente Internacional. Ángela le besó apasionadamente en los labios. Le olía muy mal el aliento. A tabaco, a sequedad, a tener el estómago podrido. Y el alma. Olía a confusión. Felipe cedió  todo  sin protestar. Hasta se abrazaron. La alemana cruzó andando el puente internacional sin mirar hacia atrás, como los exiliados.

Un coche encendió el motor y las luces en el otro lado del puente. Ángela se montó y desapareció.

En un intento por regresar a lo cotidiano cuanto antes, Felipe empezó el viaje de vuelta sin descansar. Estaba reventado. Tuvo que parar a cenar e improvisó un lugar para dormir en la parte de atrás, pero el frío le impedía cerrar los ojos con tranquilidad. Continuó por la carretera hasta que empapó su camiseta y no pudo más. Y entonces, en la televisión del bar vio la foto de Mónica. Un titular explicaba que habían encontrado el cadáver. También salía una foto de Ángela.

Con la irritante tiritona que le producían el frío y los dos cafés condujo hasta la cabaña. Se derrumbó en la cama.

El jefe le sacó de la cama. Golpeaba en la puerta como un oso.
Extendió en la mesa unas páginas web que había traducido e impreso.

—A mí tampoco me gustan esos traductores. Tienes muy mala cara. ¿No te fue bien ayer la cena con Elena?

Felipe no se acordaba de la mentira que le había contado a su jefe para que no le molestara durante el viaje a Francia.

—Estuvo bien. Pero me acosté tarde. Necesito descansar.
—¿Descansar? Tenemos un montón de trabajo. Tienes para elegir: ¿Adúltero o estafador del seguro?
—¿Y lo de las alemanas?
—Dalas por muertas. No tenemos nada más que hacer. Ya nos han pagado. Caso cerrado.
—¿Y la otra alemana?
—Se la han comido las osas.

Al jefe y a la gente en general no les había distraído el orificio de bala que tenía Mónica en la sien. Ellos esperaban que las osas saliesen del lugar donde estaban escondidas pasando el invierno para darles su merecido. No tenían otra cosa que hacer. Pero el jefe, con esa fascinación por todo lo alemán y con su insomnio latente, había navegado por internet y había encontrado una página de un periódico digital alemán que hablaba de un asesinato, que utilizaba la procedencia y las familias de las dos alemanas para explicar su desaparición.

Dice el periódico—decía con sorna el jefe— que la que han encontrado muerta es la hija o nieta de un alto mando de la Stasi, en los tiempos en que esa institución controlaba un lado del muro. La otra procedía de una familia que se había opuesto al gobierno comunista, que habían sido espiados, traicionados, encarcelados, asesinados durante aquel período. Como los archivos de la Stasi están abiertos para todo el que quiera conocer su historia, estos periodistas creen que Ángela y unos cuantos más han averiguado quienes eran los perseguidores de sus familiares. Y ahora se estarían vengando.

—¿No me digas que no es para volverse loco?¿Y la otra alemana se ha vengado y se ha evaporado?¿Ha pasado todo este tiempo en el monte sin encontrarse con nadie?¿Todavía está en el monte? Mucho sensacionalismo es lo que hay. Y ganas de joder. Lo lógico es que se la hayan comido las osas y a la otra la hayan dejado tirada allí porque no les ha dado tiempo o por lo que sea. ¿A ti qué te parece, Felipe?
—No sé. Prefiero lo del estafador del seguro.
—Se la han comido las osas. Seguro. Si quieres lo del estafador del seguro puedes empezar esta tarde mismo porque está de baja y parece que hoy va a jugar al tenis. Le haces una película y ya está. Pásate por la oficina a las tres. Me voy que tengo prisa.

Hasta que sonó el teléfono, Felipe se ensimismó en aquel coche al otro lado de la frontera. Era Elena.

—Acuérdate de que tienes que comprarte zapatos para la boda de mi prima.


FIN

jueves 12 de enero de 2012

17.- Traducciones



En cuanto Ángela recargó la batería de su iphone el fantasma del amor se evaporó. Abrió una aplicación que era un traductor de idiomas. Un traductor igual de impreciso que los que hay en internet. Prefirió usar esa chapuza a seguir con las frases simples y románticas. Así que escribía en la pantalla algo en alemán que era traducido por una máquina al castellano autómata. A Felipe no le hacía gracia. Además la chica necesitaba  conectarse a internet y en esas montañas no había cobertura. Bajaron por el camino hasta que la señal era lo suficientemente fuerte para que Ángela se volcase hacia delante, doblada sobre sí misma, incrustando sus ojos en la pantalla del aparato. Escribía deprisa, temblorosa, levantaba la cabeza a ratos y esperaba.

Entre otras cosas intranscendentes, Felipe se preguntaba por la comida. No tenía claro si comería con la alemana o bajaría a la casa para que nadie sospechara. Y si comían en la cabaña ¿qué comerían? ¿Se acostarían juntos a dormir la siesta? Puso su esperanza en el congelador. Pensó que quizás Ángela le escribía a Mónica, a la otra alemana desaparecida.

No podía estar más equivocado. El cadáver de Mónica era descuartizado por una manada de lobos venida a menos que merodeaba por la zona, sobre todo en invierno. A pesar de estar semienterrado con un despliegue barroco de ramas y pequeñas rocas, los hambrientos lobos, antes de aventurarse hacia los rebaños y enfrentarse a las fauces de los mastines, prefirieron reciclar, recoger la basura del bosque.

El cuerpo en estado inicial de putrefacción despedía suficiente olor para que cualquier carroñero se acercase a olisquear y a intentarlo, pero era tarea dura, un hueso realmente duro de roer. Los lobos excitados por los primeros brotes de sangre tiraban ahora con fuerza de la ropa de Mónica, deshilachando los vaqueros y la piel a la vez.

En poco tiempo, los escasos quebrantahuesos y  buitres de la zona revolotearon por allí planeando su aterrizaje.

Antonio también. Desde su enfrentamiento con las osas estaba atento al cielo, así que  siguió la estela de los carroñeros, impulsado por la fe en que su tiro había herido a la osa que yacía allí desangrada. Iba cantando y silbando, en busca de los colmillos, de su piel de oso, como quien va a la tintorería a recoger un traje.

A Felipe se le estaba haciendo tarde en todos los sentidos. Empezó a agitar el pie nerviosamente hasta que Ángela le miró muy fijamente y después miró la puerta del todoterreno y la inmensidad de la naturaleza. No hacía falta aplicaciones ni traductores. Felipe salió a pasear. Estaba muerto de hambre. Se decidió: comería en casa con la familia de Elena. No diría nada a nadie. Esperaría hasta que averiguase dónde estaba la otra alemana, la que había que encontrar.


Llevaba un rato sentado en un tronco talado, ensimismado en la ruta para desaparecer de allí. Un portazo le desconcentró. Ángela avanzaba hacia él envuelta en una humareda de tabaco. Por mucho que Felipe se estrujaba el cerebro era incapaz de encontrar la manera de preguntarle por su amiga senderista.

—I want go to France.
—¿A Francia?
—Yes, France. Now. Right now.

Combinando un sentimiento de sorpresa y desazón, Felipe entendió a través del traductor la idea abstracta de que Ángela quería salir de viaje hacia Francia en aquel mismo momento.

Había un autobús. Le escribió el nombre de la compañía y encontraron los horarios. Dos autobuses diarios pasaban por la ciudad con destino a la frontera. Uno de ellos era a las tres. Faltaba una hora. Les daba tiempo.

La presencia de la patrulla de la policía les disuadió de entrar. Sobre todo a Felipe que no acertaba a inventar una explicación veraz de toda la historia. Aparcados en una esquina de la estación de autobuses, desde la que se veía a la pareja de policías, miraban el suelo del todoterreno y rebuscaban entre los papeles, las revistas viejas y los periódicos atrasados. Ángela encontró un periódico en el que aparecía su foto y la de su amiga. Empezó a traducir con su teléfono el texto de la noticia.

—¿Y Mónica? —la impaciencia había derribado la presa de Felipe que al final lo había preguntado con fingida naturalidad, como si hubiesen vivido los tres desde pequeños en el mismo barrio.
—Is dead.

Le entraron ganas de llorar. Imaginó de unas cuantas maneras ese “está muerta”. Aunque ninguna era fiel a la realidad. Tampoco Antonio había imaginado semejante panorama cuando hizo un disparo al aire para ahuyentar a los lobos y a los buitres. Desde lejos apestaba a podrido. Cuando vio a un lobo arrastrar un trozo de pierna todavía cubierto por una tela vaquera se dio cuenta de que había encontrado a las alemanas senderistas. Tan rápido como había llegado se fue. A tiempo para no encontrarse con los guardas forestales que, alertados por los vuelos de los buitres, se dirigían hacia allí. Llamaron a la policía y empezó el protocolo. Buscaron un segundo cadáver por las cercanías. Elaboraron hipótesis sin convicción, reunieron los restos diseminados por los carroñeros y se los llevaron en una bolsa negra al forense. No se podía hacer un estudio demasiado científico para determinar la causa de la muerte, ni falta que hacía. Un orificio en la sien derecha y la bala alojada todavía en el cerebro parecían suficientes datos para cerrar esa cuestión, aunque había muchas preguntas todavía sin responder.

Enfrente del Ford Maverick alquilado por las alemanas, Antonio dudaba entre  prenderle fuego,  sumergirlo dentro de un pantano o abandonarlo en la ciudad. Menos mal que la policía no se había tomado muy en serio este caso porque su colección de pistas para ser considerado el principal sospechoso era espléndida.

La pareja de policías seguía allí cuando salió el autobús de las tres bajo la mirada hierática de Ángela. La suya era una expresión mutante. Desde fuera del todoterreno a Felipe le parecía estar observando el terrario de un camaleón. Mientras traducía los periódicos en los ojos de la alemana se apreciaba cierta frialdad científica, las manos crispadas, casi estrujando el periódico que se resbalaba, la boca crispada, desesperada, la respiración desquiciada. Era un camaleón con distintos colores por todo el cuerpo al mismo tiempo. El siguiente autobús salía a las ocho de la noche.

Sentir miedo es una manera como otra cualquiera de estar preocupado. Con el hambre como excusa  se había alejado del todoterreno. Bajo la coartada de que no era buena idea que Ángela le acompañara, se había apoyado en la barra del primer bar en su camino y atendía a las indicaciones para ir en coche hasta la frontera con Francia.

Cuando salió lo tenía decidido. Ángela aceptó de inmediato. Había comprado dos bocadillos y una botella de agua para no perder tiempo en el viaje.

jueves 5 de enero de 2012

16.- El mecanismo de un martillo



A lo largo de la mañana, Felipe concluyó que había por lo menos dos maneras de encontrar a alguien. Una, la obvia, era andar deprisa, buscar pistas, peinar la zona, interrogar a los testigos y a los sospechosos. La otra era sentarse en el porche a esperar. Era una conclusión precipitada, quizás inexacta, fruto de las insuficientes horas de sueño del ayudante de detective. Mientras tanto, la alemana dormía plácidamente en el saco de dormir.

Se movió por la casa de puntillas para no molestar. La cama grande apenas deshecha le pareció absurda. Habían dormido en el pequeño e incómodo colchón tirado en el suelo. No supo decidir si el colchón en el suelo, los gemidos alemanes, si todo aquello era una extravagancia retorcida o algo romántico. Encendió la salamandra. Aunque había dejado de llover todavía hacía frío. Notaba los ojos hinchados y la inercia de los párpados. No quiso mirar el reloj, pero lo vio de refilón. Las siete y media. Habría dormido dos horas escasas.

Mientras la cafetera estaba en el fuego barrió los cristales de la ventana rota.  Salió fuera con el café. Estuvo pensando en la infidelidad, matando hormigas con el dedo y perdiendo el tiempo hasta que Angela apareció por la escalera.   

―Do you want a coffee? ―a pesar de que lo había ensayado mentalmente, lo tuvo que repetir tres veces para que Angela le entendiera.

Le preparó el desayuno con delicadeza extrema como se da de comer por primera vez a un animal salvaje que no puede hacerte daño. Pero durante el desayuno y a lo largo de toda la mañana pensó que más que salvaje tenía un rasgo desequilibrado, una mirada desquiciada, como una rueda que está a punto de salirse de su eje.

No podían hablar. Bueno, sólo frases cortas. Muy sencillas. Ella le decía: I need my iphone, i need smoke. Cuando Felipe no entendía se lo explicaba por señas. Y Felipe lo mismo. La cabaña parecía un seminario de mimos internacionales. Casi mudos. A pesar de percibir cierto riesgo en los gestos y en los ojos de Angela, fantaseó con el amor. Aquello era el amor, se dijo. La comunicación perfecta. Frases subordinadas prohibidas. Un lenguaje directo, conciso, sin posibilidad de malos entendidos. Como una plantilla de serigrafía o un matasellos. El mecanismo de un martillo.

Le hacía hasta gracia y le excitaba cuando Angela se esforzaba en decir palabras en español. Estaba empeñada en ir a la cabaña que tenían alquilada a Eugenio. Quería recoger sus cosas. Así que Felipe le explicó el plan. Él entretendría al dueño.

De camino a la casa de Eugenio, con Angela tumbada en la parte de atrás del todoterreno, el ayudante de detective privado pensaba por Felipe. Era la alemana que no había que encontrar. ¿Qué había pasado con la otra alemana? Si se lo preguntaba directamente, Angela sospecharía y se le escaparía de nuevo. ¿Tendría que llamar a su jefe? La alemana, sin embargo, actuaba con total naturalidad. Se había escondido en el asiento de atrás, cuando se cruzaban con otro coche se tapaba con una manta, ¿no le importaba que él supiera que era una de las dos desaparecidas? No habían hablado de nada. Ella no le había explicado de dónde salía a aquellas horas en mitad del monte. Habían aceptado jugar juntos como dos niños desconocidos que se encuentran en el parque. Hasta parecía que balbuceaban.

No era posible subir hasta la cabaña precintada sin pasar por delante de la casa de Eugenio. Así que el plan era que Angela se bajara un poco antes, donde nacía un camino para subir a pie. Felipe aparcaba y entretenía a Eugenio lo suficiente, por lo menos una hora, para que le diera tiempo a Angela a subir hasta la cabaña, recoger sus cosas y bajar por el camino donde Felipe le recogería de nuevo.

Felipe se asomó a una ventana y se encontró a la hija pintando. Eugenio salió a su paso. Era como un animalillo que estuviera siempre atento a quien merodeaba en su madriguera. No iba a ser fácil. Eran las once y pico de la mañana. Una hora ideal para una partida de ajedrez.

― ¿La revancha? ―preguntó Eugenio.

Jugó con blancas y sudó. Intentó llegar a una posición cerrada que alargase la partida lo suficiente. No era capaz. Eugenio abría columnas y filas continuamente. Después creyó que tenía una combinación ganadora y le dio una rabia terrible no poder hacerla. Estaba allí para perder el tiempo, así que decidió jugar lento. Fingía pensar en las jugadas pero no podía concentrarse. El cansancio y toda aquella aventura sin sentido le estaban sacando de quicio. La sensación de no saber qué hacer con Angela le invadió por completo. Eugenio hablaba, comentaba las jugadas de los alfiles y los caballos como si aquello importase. Antes de la hora de juego las blancas estaban perdidas, pero no se rindió. Después le entró la prisa como si la alemana no fuera a soportar la impuntualidad española y harta de esperarle se fuera a ir con otro. Estaba mal. Todo aquello estaba mal. Perdió. Eugenio le sonrió. Le invitó a comer. Le preguntó por las alemanas. Por las osas. Le acompañó hasta el coche. Este hombre está muy solo, se dijo Felipe. Este hombre tiene un bosque y una hija pintora y loca pero está muy solo.  

El plan salió perfecto y regresaron a la cabaña. Angela había encontrado todo lo que buscaba. Hasta su iphone y el tabaco. A ningún policía se le había ocurrido confiscar aquellas pertenencias. Aquella investigación era un montón de estiércol. Él estaba contribuyendo a hacerlo más grande. Mientras la alemana se organizaba y se cambiaba de ropa, fingió ocuparse de la ventana para zafarse de los nervios, que cada vez eran más insoportables. Trajo la caja de herramientas, probó la resistencia del plástico negro, buscó una excusa para no tener que hacer nada. Así estaba mejor, nadie podría verlos desde la parte de atrás. Lo arreglaría más tarde. Otro día. Con un poco de suerte, él ya estaría lejos cuando habría que arreglar la ventana. Esa cabaña no era para tanto, ni las montañas. Montañas hay en todas partes.